
¡Qué! ¿Os creíais que porque el Domingo entró la primavera ya iba a hacer buen tiempo? Pues vais listos… por lo menos si pensáis en ir a la playa, porque con este tiempo lo que apetece es quedarse acurrucadito escuchando de llover mientras se lee un buen libro, con vuestra bebida favorita cerca y buena música de fondo. ¡Qué le voy a hacer! Me gusta la buena vida. Así que menos Face y más Books, que ya veréis como se despiertan vuestras neuronas y le acaban pillando el gusto a eso de la lectura. Y es que al final eso es como una droga, da igual cuántos hayas leído o cuántos tengas, sientes la necesidad de más y más.
O bueno, espero que sea eso, si no voy a tener que visitar al psiquiatra y no sé si se quedará muy contento con mis respuestas, más bien me mandaría directa para un sitio que yo me sé ( lo que me ha dado una idea para el libro de la semana que viene). Si le contara lo que pienso que entraña leer un libro, la aventura de encontrar un sitio “cómodo” por raro que parezca o por la dificultad de la postura a mantener, abres la página, empiezas a leer… y unos segundo después ya no estás ahí, estás en otro lugar, viajando en el tiempo. No se lo creería, seguro, pero se lo puedo demostrar si se atreviera a abrir y empezar a leer la primera página del libro que os traigo hoy y que era el que originariamente tenía pensado para la semana pasada. No, no os libráis del ladrillo, pero tranquis, que no “panda el cúnico”, que sólo son 800 páginas de nada, no seáis cobardes que los cobardes no son precisamente los que hacen historia.